Lecciones
Lección V: Los
tonos narrativos I
¿Sordo
como una tapia o un músico de la palabra?
En
todo cuento, en toda novela, el narrador busca subyugar al lector haciéndole
creer que lo que cuenta ocurre en un mundo propicio y «real».
Y ello nos lleva a la cuestión de cierta sensibilidad verbal que
encontramos en el buen escritor. No quiere decir esto que el escritor
deba tener necesariamente un acusado sentido musical del lenguaje a la
hora de escribir historias, pero una cierta sensibilidad
respecto al registro de la palabra escrita procurará el cauce del buen
relato corto. De todas formas, parece claro que una de las características
del escritor nato consiste en hallar la manera más sugestiva de decir
las cosas: su voz languidece cuando la historia languidece, se vuelve
entrecortada cuando la historia se apresura y parece discurrir con
lentitud cuando imposta la voz de un personaje torpe; imita el
repiqueteo de la lluvia, el paso remolón del indeciso y la afectación
del niño pijo: todo verbalmente. El escritor con agudeza verbal
sabe que encontrar la metáfora adecuada es parte del buen oficio. Ante
todo debemos pensar que, como lectores, lo que nos interesa al abrir un
libro de cuentos o una novela, son las historias que se nos prometen, no
sólo la belleza de las palabras con que esta ha sido construída.
Ejemplo
de lo dicho
La
magia de una historia
Cuando
abrimos las páginas de una novela o de un cuento estamos dispuestos a
entregarnos a la historia que nos van a contar. Avanzamos por esas
frases dispuestos a abolir la realidad y sumergirnos en esa otra
realidad sin que nada nos perturbe: si la historia está bien contada
pronto olvidamos que estamos leyendo palabras y comenzamos a ver imágenes:
el puño alzado y vengativo del marinero que jura en un bar; la rosada
luz que envuelve el castillo al amanecer; el carromato festivo y
crujiente que aparece por un recodo del camino enlodado... Ha ocurrido
la magia. Por ello, el narrador de relatos cortos que parece pelearse a
puñetazo limpio con las frases no consigue su efecto en el lector. De
la misma manera, el escritor que se entretiene demasiado con las
palabras y se embriaga de poesía no es capaz de distinguir lo
contigente de lo necesario…y pronto cansa a su lector.
La
propuesta de la semana
Puesto
que el tema de los tonos narrativos resulta extenso y complicado, vamos
a dejar este capítulo aquí con una propuesta que tiene por objeto
empezar a sondear las posibilidades de nuestro propio lenguaje.
Escribamos
un pequeño relato (no más de treinta líneas) cargado de poesía y
otro en el que digamos lo mismo pero con un lenguaje lo más austero
posible. Luego busquemos el equilibrio entre el tono poético del
primero y el matiz imperturbable del segundo. Ese es el texto que
enviaremos.
Advertencia:
evitemos escribir directamente el texto que vamos a enviar: el cuento es
el resultado de un largo trabajo.
Hasta
la próxima!
Real
Ya
hemos dicho en clases anteriores que el concepto de lo real y lo irreal,
en literatura, no dependen de la veracidad de la historia sino del grado
de persuación con que se narra la historia.
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cierta
sensibilidad
Digamos
que en esta cuestión del oído del escritor, el cuentista se halla a
medio camino entre el poeta y el novelista. En efecto, para el poeta
resulta imprescindible un oído tan fino que pueda resultar molesto para
el novelista. En el caso de este último, la excesiva atención al
registro eufónico de sus narraciones puede constituir un serio
obstáculo. Para el cuentista, debido a la intensa carga emotiva de sus
historias, la suficiencia lírica debe estar más cercana al uso que
hace de ella el poeta, pero sin caer en el exceso.
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Ejemplo
de lo Dicho
Para
entender mejor lo expuesto hasta el momento escuchemos a Julio Ramón
Ribeyro:
«Arte
del relato: sensibilidad para percibir las significaciones de las cosas.
Si yo digo: “el hombre del bar era un tipo calvo”, hago una
observación pueril. Pero puedo también decir: “Todas las calvicies
son desgraciadas, pero hay calvicies que inspiran una profunda lástima.
Son las calvicies obtenidas sin gloria, fruto de la rutina y no del
placer, como la del hombre que bebía ayer cerveza en el Violín Gitano. Al verlo, yo me decía: ¡En qué dependencia pública habrá perdido este cristiano sus
cabellos!”. Sin
embargo, quizás en la primera fórmula resida el arte de relatar.»
Julio
Ramón Ribeyro
«Prosas
Apátridas», Ed. Tusquets, 1986
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Agudeza
verbal
Esta
sensibilidad verbal requiere práctica, pero sobre todo, saber
escucharse así mismo, explorar en las claves secretas que encierran las
palabras. Sin embargo, aquel narrador a quien las palabras, sus sonidos
y reverberaciones, le interesan más que la propia historia que cuenta,
tiene un punto en contra: un cuento es como una barca cuyos remos son
las palabras; si estas se mueven demasiado (y mal) sólo lograrán
preciosas estelas en el mar… más no permitirán que nuestra barca
avance.
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Julio
Ramón Ribeyro
Escritor
peruano (1929 –1995) Como muchos otros escritores latinoamericanos del
llamado boom de la literatura
hispanoamericana, emigró muy pronto a Europa. Vivió en Francia, España,
Alemania y Bélgica. En 1960 se estableció en París donde trabajó
como periodista en la agencia France Press hasta 1971, año en que entró
a trabajar en la Unesco como Consejero Cultural de Perú en dicho
organismo. Entre sus obras destacan sobre todo varios volúmenes de
cuentos (reunidos todos en una reciente edición de Alfaguara) y sus
novelas Crónica de San Gabriel y Los
geniecillos Dominicales. De él se dijo, por su estilo elegante y
algo decimonónico que era «el mejor escritor del sigglo XIX que tenía
el Perú actualmente.»
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