Ciegsa





























 
 
miércoles 23 de febrero de 2005
 


Los escasos amigos del disidente


De arriba a abajo Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa

Jorge Eduardo Benavides
Difícilmente alguien puede poner en duda que Guillermo Cabrera Infante –Premio Cervantes 1997– es uno de los grandes de la narrativa hispanoamericana, y que con su muerte nos quedamos todos un poco huérfanos, un poco desolados, como si al banquete de palabras con que nos regaló durante todos estos años desde su exilio londinense –y desde antes– le faltara el condimento de su impagable presencia. Es cierto que nos quedan sus libros, sus artículos, sus guiones de cine y particularmente sus bellísimas y deslumbrantes novelas, y que todo ello contribuye a que este primer impacto sufrido por su desaparición reciente no menoscabe su presencia en el mundo, porque se queda entre nosotros como sólo se puede quedar un escritor: habitando sus muchas páginas, desde donde nos regaló con sus torrenciales anécdotas, sus imposibles juegos de palabras, sus larguísimas digresiones –hay quien afirma que su obra toda lo era– y sus sentencias más cáusticas. No, probablemente nada de eso se pone en tela de juicio porque el autor de «Tres tristes tigres» (1967) se convirtió por derecho propio en uno de los destacados representantes de lo que se ha conocido como el «boom» de la literatura hispanoamericana de la década del sesenta y de los tempranos setenta: Julio Cortázar, Carlos Fuentes, García Márquez, José Donoso, Vargas Llosa, ya sabemos: aquellos escritores que le torcieron el pescuezo al convencionalismo narrativo y colocaron su peculiar y diversa forma de contar como un ejemplo de renovación literaria. Cabrera Infante fue, con sus espléndidas novelas, uno de los que más se preocupó por abrir la fuente del lenguaje para que manaran sus historias, sus retruécanos, sus malabarismos verbales como muy pocos antes –y después– lo han hecho, con maestría y oficio, con ese placer benemérito de contar y recrearse en las palabras, en ofrecer un mundo completo, rico, contradictorio y lleno de humanidad.
   Un disidente radical. Pero si su valía como escritor nunca o casi nunca ha sido puesta en tela de juicio, sus planteamientos y posiciones políticas no han corrido similar suerte, en uno de los episodios –si se puede hablar de episodio para casi cuatro décadas de exilio– más indignos cometidos en nombre de la Revolución, esa palabra que aún llena la boca de muchos que aceptan con benevolencia la dictadura de Fidel Castro y se esfuerzan por hacernos ver que no es tan mala, que en todo caso es buena simplemente porque es el último bastión de los puros contra la maldad yanqui.
   Es cierto: fue incómoda la disidencia de Cabrera Infante, embarazoso para muchos bienpensantes de izquierda su radical posicionamiento frente a la dictadura castrista, aquella misma que tantos otros no sólo elogiaron sino que apuntalaron con su empeño –con el propio García Márquez en primera línea– cuando ya resultaba imposible avenirse a los ultrajes cometidos por el patriarca de los dictadores. Aquella temprana apostasía de la Revolución Cubana le costó a Cabrera Infante no sólo el exilio, sino el aislamiento por parte de muchos escritores hispanoamericanos –y también españoles– para quienes repudiar las bondades revolucionarias de Fidel Castro era un ultraje muy difícil de digerir y menos aún de consentir. Muchos le negaron el saludo y otros simplemente decidieron ignorarlo hasta el sol de hoy, en que su muerte lo ha colocado a salvo de tantos desplantes y amarguras. Como él mismo se fatigó en explicar una y otra vez, uno de los pocos que mantuvo la amistad por encima de las diferencias políticas, fue Vargas Llosa, cuya relación se fue fortaleciendo con el paso de los años, cuando el peruano también decidió abrir casa en Londres y poco a poco fueron acercando posturas políticas y planteamientos ideológicos.
   Sin embargo, Cabrera Infante, fiel a sí mismo, no sólo tuvo problemas con Fidel y los adalides de la dictadura habanera, sino también antes, con Batista, lo que demuestra que su radicalismo anticastrista era más bien la posición de un verdadero demócrata –muchos olvidan que fue el hijo mayor de una pareja que había sido de las fundadoras del Partido–, la de alguien que estaba sobre todo en contra de los atropellos que otros disculpaban con largueza en nombre de la justicia social. Al joven Cabrera Infante que fue director del Consejo Nacional de Cultura de su país, ejecutivo del Instituto del Cine y subdirector del diario Revolución, las primeras desavenencias con el régimen lo relegaron a Bruselas, primero como agregado cultural y luego como encar- gado de negocios. Pocos años después, ganaría el premio Biblioteca Breve (1964) y, roto definitivamente el vínculo con el gobierno, se instalaría en Londres hasta su muerte.
   Como tantos de sus amigos y conocidos han explicado en estos días en decenas de páginas, a Cabrera Infante el humor quizá se le volvió más ácido y quizá, también, el no poder volver a su isla le empañó, más que toda la niebla londinense de su largo exilio, la visión de un futuro menos injusto en su país. Hay otra forma de verlo, de asumir que su dignísima postura política, su valor de disidente condenado a un amable ostracismo por parte de muchos intelectuales –no todos: también es cierto– lo fue convirtiendo en un referente de la solvencia moral y la defensa real de la democracia, aunque él nunca lo hubiera querido así, tan desdeñoso de la posteridad. «No me gusta la posteridad, lo que yo quiero es celebrar la vida», afirmó al publicar «La Habana para un infante difunto», en 1979. Su muerte entonces sólo es un segundo exilio, un lugar a donde se ha retirado para mirar con escepticismo y humor las contingencias de la vida, esa que él retrató en novelas inmensas como «Tres Tristes Tigres», o «Ella cantaba boleros», o esas páginas ya célebres en las que discurrió su mucha sapiencia sobre el cine, o en sus proverbiales panegíricos respecto al tabaco: otra disidencia. Aunque en ésta seguro que sí fue feliz.

 
 



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