Jorge Eduardo Benavides
Difícilmente alguien puede poner en duda que Guillermo Cabrera Infante
–Premio Cervantes 1997– es uno de los grandes de la narrativa
hispanoamericana, y que con su muerte nos quedamos todos un poco
huérfanos, un poco desolados, como si al banquete de palabras con que nos
regaló durante todos estos años desde su exilio londinense –y desde antes–
le faltara el condimento de su impagable presencia. Es cierto que nos
quedan sus libros, sus artículos, sus guiones de cine y particularmente
sus bellísimas y deslumbrantes novelas, y que todo ello contribuye a que
este primer impacto sufrido por su desaparición reciente no menoscabe su
presencia en el mundo, porque se queda entre nosotros como sólo se puede
quedar un escritor: habitando sus muchas páginas, desde donde nos regaló
con sus torrenciales anécdotas, sus imposibles juegos de palabras, sus
larguísimas digresiones –hay quien afirma que su obra toda lo era– y sus
sentencias más cáusticas. No, probablemente nada de eso se pone en tela de
juicio porque el autor de «Tres tristes tigres» (1967) se convirtió por
derecho propio en uno de los destacados representantes de lo que se ha
conocido como el «boom» de la literatura hispanoamericana de la década del
sesenta y de los tempranos setenta: Julio Cortázar, Carlos Fuentes, García
Márquez, José Donoso, Vargas Llosa, ya sabemos: aquellos escritores que le
torcieron el pescuezo al convencionalismo narrativo y colocaron su
peculiar y diversa forma de contar como un ejemplo de renovación
literaria. Cabrera Infante fue, con sus espléndidas novelas, uno de los
que más se preocupó por abrir la fuente del lenguaje para que manaran sus
historias, sus retruécanos, sus malabarismos verbales como muy pocos antes
–y después– lo han hecho, con maestría y oficio, con ese placer benemérito
de contar y recrearse en las palabras, en ofrecer un mundo completo, rico,
contradictorio y lleno de humanidad.
Un disidente radical. Pero si
su valía como escritor nunca o casi nunca ha sido puesta en tela de
juicio, sus planteamientos y posiciones políticas no han corrido similar
suerte, en uno de los episodios –si se puede hablar de episodio para casi
cuatro décadas de exilio– más indignos cometidos en nombre de la
Revolución, esa palabra que aún llena la boca de muchos que aceptan con
benevolencia la dictadura de Fidel Castro y se esfuerzan por hacernos ver
que no es tan mala, que en todo caso es buena simplemente porque es el
último bastión de los puros contra la maldad yanqui.
Es
cierto: fue incómoda la disidencia de Cabrera Infante, embarazoso para
muchos bienpensantes de izquierda su radical posicionamiento frente a la
dictadura castrista, aquella misma que tantos otros no sólo elogiaron sino
que apuntalaron con su empeño –con el propio García Márquez en primera
línea– cuando ya resultaba imposible avenirse a los ultrajes cometidos por
el patriarca de los dictadores. Aquella temprana apostasía de la
Revolución Cubana le costó a Cabrera Infante no sólo el exilio, sino el
aislamiento por parte de muchos escritores hispanoamericanos –y también
españoles– para quienes repudiar las bondades revolucionarias de Fidel
Castro era un ultraje muy difícil de digerir y menos aún de consentir.
Muchos le negaron el saludo y otros simplemente decidieron ignorarlo hasta
el sol de hoy, en que su muerte lo ha colocado a salvo de tantos
desplantes y amarguras. Como él mismo se fatigó en explicar una y otra
vez, uno de los pocos que mantuvo la amistad por encima de las diferencias
políticas, fue Vargas Llosa, cuya relación se fue fortaleciendo con el
paso de los años, cuando el peruano también decidió abrir casa en Londres
y poco a poco fueron acercando posturas políticas y planteamientos
ideológicos.
Sin embargo, Cabrera Infante, fiel a sí mismo, no
sólo tuvo problemas con Fidel y los adalides de la dictadura habanera,
sino también antes, con Batista, lo que demuestra que su radicalismo
anticastrista era más bien la posición de un verdadero demócrata –muchos
olvidan que fue el hijo mayor de una pareja que había sido de las
fundadoras del Partido–, la de alguien que estaba sobre todo en contra de
los atropellos que otros disculpaban con largueza en nombre de la justicia
social. Al joven Cabrera Infante que fue director del Consejo Nacional de
Cultura de su país, ejecutivo del Instituto del Cine y subdirector del
diario Revolución, las primeras desavenencias con el régimen lo relegaron
a Bruselas, primero como agregado cultural y luego como encar- gado de
negocios. Pocos años después, ganaría el premio Biblioteca Breve (1964) y,
roto definitivamente el vínculo con el gobierno, se instalaría en Londres
hasta su muerte.
Como tantos de sus amigos y conocidos han explicado
en estos días en decenas de páginas, a Cabrera Infante el humor quizá se
le volvió más ácido y quizá, también, el no poder volver a su isla le
empañó, más que toda la niebla londinense de su largo exilio, la visión de
un futuro menos injusto en su país. Hay otra forma de verlo, de asumir que
su dignísima postura política, su valor de disidente condenado a un amable
ostracismo por parte de muchos intelectuales –no todos: también es cierto–
lo fue convirtiendo en un referente de la solvencia moral y la defensa
real de la democracia, aunque él nunca lo hubiera querido así, tan
desdeñoso de la posteridad. «No me gusta la posteridad, lo que yo quiero
es celebrar la vida», afirmó al publicar «La Habana para un infante
difunto», en 1979. Su muerte entonces sólo es un segundo exilio, un lugar
a donde se ha retirado para mirar con escepticismo y humor las
contingencias de la vida, esa que él retrató en novelas inmensas como
«Tres Tristes Tigres», o «Ella cantaba boleros», o esas páginas ya
célebres en las que discurrió su mucha sapiencia sobre el cine, o en sus
proverbiales panegíricos respecto al tabaco: otra disidencia. Aunque en
ésta seguro que sí fue feliz.