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¿En qué momento se jodió el Perú? La pregunta que Zabalita, el personaje de Conversación en La Catedral
(1969), de Mario Vargas Llosa, no deja de repetirse, parece resonar
impertérrita, más de tres décadas después, en la primera novela de
Jorge Eduardo Benavides (Arequipa, 1964), cuyos personajes, lo mismo
que Zabalita, también acaban preguntándose ellos mismos en qué momento
se jodieron sus propias vidas.
Los 'años inútiles' a los que alude el título podrían serlo
precisamente por eso: porque en ellos nada se dio por aprendido, y el
país entero, en el periodo del Gobierno aprista, de cuyo despegue y
estertores se da aquí cuenta, siguió jodiéndose igual que lo había
hecho en el pasado, y como seguiría haciéndolo en el futuro.
'En el Perú, la esperanza só
lo es algo que perdemos violenta y cruelmente todos los días', llega a
decirse por algún lado. Y se dice después de consignar la 'ciega
credulidad' de un pueblo que se dejó seducir por lo que Benavides
califica de 'populismo medieval', sin que el saldo de corrupción y de
miseria que se derivó del mismo impidiera que el mismo pueblo,
inmediatamente después, se dejara seducir por un nuevo populismo, esta
vez el de Fujimori.
Un tejido hábilmente trenzado de vidas cruzadas sirve a Benavides para
ofrecer no tanto una indagación de las razones por las que, una vez
más, se jodió el Perú, como del modo en que, al ocurrir eso, fue
estragada la vida de una nueva generación de peruanos, víctimas, una
vez más, de su país, vale decir de sí mismos. En este sentido, la
novela es impecable: es sobre todo el deterioro progresivo de su
situación material el que determina la creciente confusión moral de sus
principales personajes, generando las dos cosas sumadas la deprimente
convicción de un camino sin salida, de una sociedad sin soluciones.
Los años inútiles es, no cabe duda, una novela política, con
evidente voluntad de interpelar, retratándola en su conjunto, la
conciencia de una sociedad extraordinariamente problemática, minada por
desigualdades monstruosas, acechada por el ejército y las oligarquías,
degradada por la corrupción y azotada encima por el terrorismo salvaje
de Sendero Luminoso, por entonces -recuérdese- en su periodo de mayor
actividad. En un momento dado, uno de los personajes realiza un largo
trayecto en microbús desde el centro de Lima hasta sus más extremos
suburbios, atravesando las zonas residenciales, y la secuencia de lo
que va viendo constituye por sí sola toda una lección sobre Perú.
Benavides está condenado a cargar con el sambenito de la comparación
con Vargas Llosa (es arequipeño, como él, y comparte incluso un remoto
parecido físico). Está claro, sin embargo, que no pretende eludirlo. Los años inútiles podría ser presentado por un publicista sin escrúpulos como un remake semidesnatado de Conversación en La Catedral.
Pero no se trata, ni mucho menos, de una novela epigonal, por mucho que
su virtuosismo técnico sea deudor de la estética de la dificultad que
tanto cundió por los años sesenta y setenta. No ha de extrañar, al fin
y al cabo, que propósitos semejantes sean perseguidos por vías
semejantes. Y optar por ciertos caminos, en un plano tanto ético como
formal, constituye en la actualidad, al margen de toda innovación, una
suerte de radicalidad.
En Los años inútiles se per
ciben los efectos de una convencida ambición y de una forja prolongada.
Apenas cabe cuestionar, por demasiado explícitos, la conveniencia de
algunos tramos (muy en particular los del comando paramilitar). Por lo
demás, la novela, admirablemente escrita, es un portentoso híbrido de
literatura política y de folletín.
Pues no deja de ser descaradamente folletinesca, propia de un culebrón
(¡esa chica humilde accidentalmente embarazada!), la trama en que
concurren las historias principales, sin que ello pueda aducirse en
demérito de la veracísima crónica del fracaso y de la derrota en que
sucumben sus muy bien dibujados personajes.
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